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martes, 28 de octubre de 2014

Café con espumita…


                       Bajo el pleno ajetreo de los exámenes finales del tercer año de la carrera, y justamente marcando las manecillas del reloj las 5:27 pm, se encontraba “ella”. Ahí, precisamente frente a los laboratorios… meditabunda y nerviosa en ese banco donde pocas veces se sentaba, porque le apetecía más permanecer cerca de “él”, -en el último peldaño de las escaleras del tercer piso- compartiendo juntos cada pedacito de silencio, cada susurro arrebatado al viento, cada mirada perpetuada en el alma, cada sonrisa secuestrada a la felicidad y hasta ese inmenso deseo de permanecer juntos. Simplemente porque mientras permanecían juntos, no necesitaban inventarse motivo alguno para encontrarle sentido a la vida.
               
                          La tensión, de a poco aceleraba el latir del corazón y en pleno desespero de encontrar por medio –como espina de pescado atravesada en el gaznate- una sola asignatura pendiente, por desgracia, la peor y más compleja… vamos, la más temida por todos, algo así como los famosos cálculos impartidos en las universidades de ciencia, no le dejaban de otra que anular cualquier planificación existente y proponerle a la amiga, pasar juntos, “ella”, “la amiga” y “él”, el resto del día –dicho sea: la noche- estudiando Bioquímica. Desde luego, “la amiga” entrecortada por el estrecho vínculo establecido entre “ella” y “el” –algo a lo que hasta el momento, solo ellos estaban ajenos, o en el mejor de los casos, creían estarlo- titubeaba ante un sí que pudiese hasta ser tergiversado y utilizado como excusas para permanecer juntos inmortalizando el tiempo.
             
                            Las manecillas continuaban girando en escala ascendente, descontándole tiempo al tiempo… y permanecer en aquel banco como que no era muy conveniente. En medio del preámbulo, ya casi con itinerario y dosificación de por medio, se percatan que “ella” bien podría disponer de las pertenencias de “la amiga” para vestir al día siguiente… pero “él”, como que no se vería muy masculino luciendo un Jeans a la cadera y una blusita de tirantes. Así que mientras ellas se proponían llegar a casa de “la amiga”, “él” se dirigía a la suya –en dirección opuesta a la tomada por las chicas- dispuesto a ducharse, vestir ropa limpia y recoger una muda que usar al día siguiente.
          
                           El viaje –ida y vuelta- duró menos de lo previsto, incluso, anteponiéndosele a un mal tiempo que se le venía encima y al desconocimiento de la posición exacta en la que se encuentra ubicada la casa. Bastó solo un instante, en el que “él” tocaba a la puerta, para que “ella” saliese corriendo del cuarto y “la amiga” corroborara la hipótesis de cuán intensos serían los estudios. Por un instante, era tanto el asombro ante el deslumbrante rostro que se le avalanchaba encima, que no alcanzó a vislumbrar los padres de “la amiga” contemplando perplejos tanta alegría. Qué pena… –me comentaba más tarde-.
             
                           Luego llegaron las presentaciones y entre cordiales saludos se tomaron alrededor de quince minutos –justo el tiempo que se tardaron los padres en regresarse a la habitación- para sentarse a la mesa; “ella” justamente frente a “el”, y “la amiga” a un costado de “ella”. Comenzaban a crujir los primeros ojeares de las libretas y entre libros abiertos emergían dudas que por el camino se las arreglaban para aclarar.  Durante los primeros treinta minutos permanecían enfrascados, de a lleno, en cada apunte, en cada detalle que les explicaba “el” –alumno ayudante, ya diestro en la materia-. Luego, bien puede que: por comodidad, por placer o por el simple hecho de sacarle de sus casillas, “ella” –a modo de quien permanece en reposo por tener una pierna completamente enyesada- decide extender la suya por debajo de la mesa y situarla justamente entre las dos de “el”. Menuda sorpresa… cuando entre tantas explicaciones se encontraba a tientas con esos pies desnudos acariciándole –sana y sin morbo alguno- sus entre piernas.
             
                            Ahora sí comenzaba a cumplirse la profecía de “la amiga”… lo que comenzó como una ardua y extenuante tarea, se transformaba en el más fascinante de los atrevimientos.  Al menos para ellos -“ella” y “el”- el estudio se volvía más ameno entre caricias y sonrisas envueltas en miradas que dejaban al descubierto, un gigantesco TE AMO. A intervalos entrecortados reaparecía la madre de “la amiga” brindándoles jugos que les ayudasen a refrescar en la cálida noche, y advirtiendo desde la distancia cuánto de atrevido en aquel titubeante deleitar. Qué pena... –me comentaba una vez más- por suerte había –entre cualquier mirada y aquel suceso- una mesa y un mantel de por medio.
            
                            A altas horas de la noche… ya entrada en la madrugada del sábado 28 de junio del 2007,  –día del examen- se les hacía tan irresistible el sueño, que era casi insoportable mantener los ojos abiertos y entender los apuntes  al mismo tiempo. Ante aquella situación, las chicas se disponen a colar un poco de buen café, mientras “él”, aprovechaba el respiro para enjuagarse la cara e intentar hacerle alguna trastada al cansancio. Transcurrido el tiempo justo comenzaba a sentirse ese inconfundible aroma que embobece a cualquiera pero que despierta hasta los muertos, el crujido de un ebullir que anunciaba el primer buchito y una dulcificante e instantánea voz que decía: “el café, con espumita”.
            
                            “El”, continuaba perplejo ante tanta belleza concentrada en un mismo rostro, a medio escabullir entre un chor, una blusita de tirantes -todo color rosado- y una hermosa sonrisa capaz de alumbrar el universo. Así que nada, en ningún momento se le pasó por la cabeza llevarle la contraria… a tomar “café con espumita” se ha dicho. Exactamente, ninguno ha podido recordar cuántas coladas de café se hicieron, pero les queda claro que las tazas de café –todas con espumita- eran consumidas como vaso de agua fría en pleno verano.
               
                              Pasadas las 3:30 am, ya ni ahogándose en café dejaban de ser vulnerables al sueño, a las incoherencias de cada tropiezo y hasta el error de algún que otro contenido, para entonces, ya vencido… Una vez recogido todo el reguero sobre la mesa, se disponen a cepillarse e irse a la cama en el intento de apaciguar un poco al sueño, mientras se percatan que apenas les quedaban 4:00 horas para reabrir los ojos y enfrentarse -por separados- a la realidad deparada por aquel examen… Tanto el cansancio como el sueño eran abismales, más entre ellos (“ella” y “el”) tal parecía evidente la presencia de algo sobre natural que no les permitía dejar de conversar el uno con el otro. Puro ruido alterno para los oídos de aquella pobre “la amiga” que no paraba de implorarles un poco de vacío en susurros de un: “por favor, acaben de hacer silencio y no jodan más”. Fue tanta la insistencia que terminaron dándose por vencidos y entregándole los parpados al mismísimo enemigo a quien hasta el momento mantenían al margen con unas (x 10n) tazas de “café con espumita”.
  
                              El reloj, tal parecía de momento pero como que bien apurado, cuando tardaron menos en abrir los ojos –por culpa del bendito despertador- que en quedarse dormidos un par de horas antes.  Ya el sol asomaba en la ventana cuando “la amiga”, dispuesta a acabar con aquella pesadilla que les mantuvo gran parte de la noche despiertos, se disponía a vestirse, cuando tuvo que regresar corriendo al baño por una insoportable urgencia que no podía esperar. Tras lo ocurrido “ella” abría los ojos de un zarpazo y como quien no creía lo que estaba pasando, comienza a reír desconsoladamente mientras sentada sobre el estómago de “el” –quien aún permanecía acostado- no se cansaba de repetir: “eso es mentira, ella (“la amiga”) está bromeando”.

                               Ya de regreso, es “ella”, quien tras lanzarse de la cama -como quien corre porque se le va la guagua, o se le queman los frijoles- comienza a quejarse de un insoportable dolor de estómago. Ahora, era “el” quien no cría un tantito así lo que estaba ocurriendo y se tomaba aquello como una burla ante lo sucedido a “la amiga”. Pero para su desconcierto, no tardó mucho en comprender, luego de haber puesto los pies en el piso, que ambas situaciones eran total y absolutamente ciertas… porque justamente “el” comenzaba a sentir lo mismo.

                                La amiga –algo que mal humorada por el malestar y el sueño que le hinchaba el rostro- no hacía otra cosa que preguntarle, qué rayos le había echado al “café con espumita”??? “Ella” no hacía más que reír  y quejarse un poquito por la incomodidad del malestar. Luego del desayuno las cosas comenzaron a mejorar para ambas favorablemente… en cambio para “él”  la historia tomaba otro rumbo con unos cólicos, de los cuales, aún a estas alturas no quisiera recodar. Tardaron poco en salir  rumbo a la escuela, y cuando llegaron apenas les quedaban unos minutos para verificar algún apunte y desearse -una a la otra- mucha suerte.

                                Noventa minutos tardaron en salir ilesas de aquel martirio,  en el que “él”, no permanecía tranquilo en medio de tanto retorcijón estomacal. Ahora “ella” salía corriendo, eufórica, entre alumnos por los pasillos y en pleno desparpajo se le lanzaba al cuello, al de “el”, con la mejor de las noticias: “aprobé…” y sin más, una desconcertante pregunta:
- ¿Nos vamos?
- ¿Pero de regreso a Santa Fé?
- No tonto, -respondía “ella” con apenas un susurro- a un lugar donde solo estemos tú y yo…
- Pues claro… reflexionaba “él” para sus adentros.

                               Ambos (“ella” y “él”) estaban claros del lugar al que deseaban ir… solo les bastó la caricia de una mirada, para tras despedirse de “la amiga”, salir rumbo a la Concha. Para quien no la conozca, una playa del territorio Norte de la Habana, pero que tan deteriorada como para que generalmente –en aquel entonces- siempre estuviese cerrada al público por peligros de derrumbe.

                               Aquella mañana, todo era perfecto… una excelente nota, el aire fresco que en un ayer despeinaba a la Pilar de nuestro José Martí, la melodía de las olas que se filtraba entre los muros para llegar a sus oídos, la arena que les anunciaba la cercanía del mar, el rose de los dedos de la mano de uno a punto de entrelazar la mano del otro y hasta ese cómplice que hallaron en un hoyo por donde colarse. Sin dudas, ya estando dentro corroboraron cuánto estaba por derrumbarse en aquel lugar... más a “él” solo le quedaba claro, cuánto (“ella” y “él”) podrían construir juntos.

                              En medio de tanto asombro, comenzaban a apreciar lo difuso de aquellas edificaciones en ruinas ante la bella mar que tenían por delante, el viento que dejaba de soplar para dar solo margen al susurro de sus voces, el aroma del salitre que inexplicablemente dejaba de existir para inundar el espacio con la esencia de “ella”, e incluso, lo lento que giraban las manecillas de ese reloj –quizás, algo cansado-. Pero estaban juntos… y al menos por el momento, eso les bastaba para sonreírle a la vida… para contemplar que el tiempo se anclaba de a lleno en el mismísimo instante en el que sus labios desafiaban justamente, contradiciendo a la razón –“(1+1=1)” de Ricardo Arjona- con sabor a “café con espumita” de por medio.

                             A estas alturas, “él” continúa creyendo que todo fue solo un sueño… en el que detrás del pellizco, “ella” desaparecía sin más y en su ausencia dejaba ese inmenso vacío en el que no logra encontrarse. Desde entonces, “el” no deja de tomar cuánto buchito de café se le cruza por delante… con la remota esperanza de encontrar en alguna taza, residuo de sus labios, aunque para entonces, ya estos no sepan a “café con espumita”…
    

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