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martes, 28 de octubre de 2014

Miserables I

               Domingo, bien temprano en la mañana, con diluvio de por medio y reponiéndome del sueño que me embobece como un zombi, me dispongo a salir de casa rumbo al trabajo. Para entonces, solo una taza de buen café se atribuía el derecho de recordarme cuánto de importancia existe en la consagración científica y la supervisión del avance experimental cinético de un proyecto, aun sin patentizar.
              
               Así que nada, mientras no me quedaba de otras que mojarme un poco, al cerrar la puerta tras de mí y en el intento de lanzarme en un estrepitoso chapotear de pies en cuanto charco se topasen en el camino, con el único fin de guarecerme en un portal, lo más cerca posible de la parada de Ómnibus, alcanzo a escuchar a alguien que comenta –como quien lo hace para que todos a su alrededor se enteren- “ya este, no mata ni se come una gallina más”.
             
                       No fue hasta unos minutos más tarde que alcancé a ver escabulléndose de la lluvia, bajo el mismo techo –de la Farmacia- en el que permanecía, el cuerpo de aquella voz portadora de un “ya este, no mata ni se come una gallina más”. Pero contemplando entonces que la misma llevaba consigo un saco –sucio y pestilente, por cierto- en el que sin dudas se encontraba el animal, para ser exacto, su mascota. Deparar en detalles no valía la pena… en realidad, daba igual si fuese un gato o un perro quien se encontrase dentro de aquel morral. Lo cierto es que daba pena y vergüenza ver como aquella criatura se esforzaba inútilmente por liberarse de aquel martirio.   
             
                       El tiempo pasaba… y como la lluvia no aparentaba tener intenciones de darnos margen para continuar nuestro camino, comienzo a inventarme historias de aquel animalito, del daño que pudo generar, el disgusto ocasionado a su dueña y hasta de ese vecindario en que sería abandonado. Con suerte –aun sabiendo que es esta el pretexto de los fracasados- encontraría un chic@ que le acogiese con la absoluta disposición de brindarle los cuidados y el afecto necesario para llegar a domesticarle, en lugar de andarse por la calle con un: “ya este, no mata ni se come una gallina más”.
             
                      Fueron tantas las historias que me inventaba, que tardé un poco en percatarme que dejaba de llover y aquella señora se aventuraba entonces a cruzar la avenida. Ya estando del otro lado de la calle y habiendo previamente asegurado la obstrucción de todo posible escape con un nudo en la abertura, le veo dirigirse sin titubeo alguno en dirección a un contenedor de basuras. Si, en este preciso momento en el que me leen, comienzan a formular la misma interrogante que no dejaba de dar vueltas en mí cabeza.  Aun no me podía creer que aquella señora fuese a arrojar al pobre y desdichado animalito en aquel lugar.
              
                      Pero la sorpresa fue inminente y tardó menos en llegar que mi respuesta a semejante barbaridad. Porque sí, la señora levantaba la tapa de aquel depósito y lanzó la bolsa con el animal dentro y sin remordimiento alguno… tal como si fuese un manojo de basura inorgánica de la que nos deshacemos a diario. Me costaba creer lo que mis ojos declaraban como crimen y entre tantos transeúnte que se pasaban por el lugar, sin prestarle importancia a lo sucedido, me dispongo a llegar y convencerme de que no es cierto esto que les cuento.
             
                       Más por desgracia, sí que todo estaba sucediendo… y dentro alcanzaba a ver cómo se sacudía el supuesto animal prisionero en el saco. Ya olvidándome de cómo estaba vestido y del rumbo que llevaba, me dispongo a voltear el contendor –inesperadamente vacío, gracias al servicio de comunales- para lo cual me auxilio de un vecino que se pasaba a comprar el pan. Según lo previsto, el esfuerzo fue bien poco… más desconcertante mi reacción y la de todos los que de a poco se acercaban a la escena del crimen, cuando vieron salir del saco –luego de advertir al vecino con un: “cuidado y en medio del desespero no te muerda”- a dos cachorros  muy bonitos y buen cuidados, que tendrían a lo sumo dos meses de nacido y tamaño suficiente como para invertir la ecuación y creernos que fuesen las gallinas quienes tuviesen posibilidades de comérselos a ellos.
              
                       Pasados exactamente –luego de haber deseado en un gruñido para mis adentros: “ojalá y se le partan las patas”- cuatro días de lo ocurrido, ingenuamente continúo preguntándome cómo rayos pueden existir personas sobresaturadas de tanta maldad y vacías de corazón??? Lamentablemente los perros –sumisos por naturaleza propia- siempre se las arreglan para regresar a casa,  justamente con la esperanza de lamer la mano del dueño que no se harta de golpearles, o que pregona de cuándo en vez: “ya este, no mata ni se come una gallina más”. Y lo peor, es que desafortunadamente  vivimos en una sociedad donde no existe organización a la que podamos denunciar hechos inhumanos como estos… donde claro está, no hay peor miseria que la albergada en el alma humana. Ahora me inquieta el destino de estos cachorros… ¿qué habrá sido de ellos, continuarán con vida?
                 

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