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lunes, 15 de diciembre de 2014

Sueños desvanecidos.




             Ahora sé, como si no lo hubiese sabido antes… cuánto de imprescindible resulta una buena taza de café cuando el insomnio se empeña en jodernos el sueño o el destino en fastidiarnos  la vida. Los antojos o la plena necesidad van mucho más allá de la adicción y sin importar que sean precisamente las tres con treinta minutos de la madrugada, nos lanzamos de la cama en pleno instinto de embriagarnos estrepitosamente.
                 
                Son muchos los que ahogan sus penas en vino o cualquier otra bebida sustancialmente etílica que les haga olvidar tiempo y lugar exacto que les tildase de infelices, desdichados, o simples incomprendidos ante la necesidad de amar y ser amados. Yo en cambio, me refugio ahí, en un trozo de papel que luego digitalizo y contemplan precisamente frente a ustedes. Así  hago cómplice al café de mis inagotables deseos de permanecer despierto y gastarle esta broma de tan mal gusto al obstinado desvelo.

                                Me encanta la cerveza como a todo buen cubano que en pleno mes de agosto  la fatiga le arrastra a suplicar por una... pero como le comentaba -a alguien que puede en algún momento me lea y en quien no enfatizo por temor a molestrale con la cita- en alguna ocasión, justamente sentados en el parque John Lennon: "físicamente soy un tío re-flaco que no puede darse el lujo de consumirle con paulatina periodicidad, en vista que el mismo es directamente proporcional a esa barriguita cervecera que en nosotros los flacos nos iguala a la mismísima imagen de la serpiente boa del principito, tragándose en su totalidad un elefante"... aún más, sabiendo que luego tendría permanecer durmiendo por un período de seis meses cuando en realidad, es solo algo que detesto en absoluto. 
               
                             Pero bueno… no recuerdo haber despertado para hablar –escribir dicho sea de paso- de café y muchísimo menos de cervezas, sino de estos deseos incontrolables de permanecer despierto en pleno intento de llenar el vacío insustancial e incorregible que nos distancian de sentimientos que aparentan ser obvios o a los cuales nos aferramos para sonreírle a la vida.  Ocasionalmente la mejor opción es contentarnos con nosotros mismo para ser felices y no precisar de media naranja, toronja, limón o cítrico alguno que a la corta o larga bien nos termina quedando grande o en la mayoría de los casos, extremadamente pequeña... salvo que entre tanto andar terminemos encontrándole a la medida -caso actual-  perfecta. 
               
                    Ya lo decía Shakespeare, “esperar siempre duele” y muchísimo más cuando vivimos inventándonos historias como protagonistas de un filme que podrá jamás ser estrenado en festival alguno. Ocasionalmente nos pasamos los días ilustrándonos un futuro que no llega, mientras dialogamos quijotescamente con nuestra propia «Dulcinea del Toboso», o bien a su reverso, otorgando respuesta con palabras que en la vida pudiesen llegar a poner en sus labios, precisamente por pensar por nosotros mismos.      
               
                            Y es entonces cuando se nos pasa la vida buscando algo que creemos que nos falta y le hemos tenido rondándonos incondicionalmente con el único interés de vernos sonreír de inmenso regocijo… sin habernos percatado en lo absoluto, por pasarnos la vida flotando entre nubes que nos distancia de la imperiosa realidad en la que puede que nada sea para siempre, pero si bien nos brinda la oportunidad de vivir maravillosos momentos en los que no precisemos de bebida alguna para ahogar nuestras penas… tal cual las olas del mismísimo malecón habanero, en plena jornada invernal termina congelándonos el alma. 

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