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viernes, 23 de octubre de 2015

No todos saben igual



               Con pasos entre cortados y cautelosos se me acerca como quien quisiera llegar un poco más tarde. Presiento se aproxima… mientras el borde superior del monitor de la PC me advierte que está cerca. Incluso, mucho más de lo que esperaba.  

                  Ya casi percibiendo su respiración tras de mí y presenciando del espectáculo desde el reflejo, intento contener los impulsos de revertir la sorpresa. Cuando… sin pensárselo mucho me asalta a preguntas en pleno intento de noquearme desde el primer asalto.  

                        -¿Por qué no haces como los mayores y vez una película? –me interroga- ¿Por qué escribes? 

                        Con tan preciso análisis alcanzo solo a voltearme con una sonrisa dibujada en el rostro ante la cual ella aparenta captar el mensaje lanzándoseme al cuello. Pero está claro que quiere una respuesta. Quiere saber y no solo por curiosidad sino hasta por sonsacarme e aislarme desproporcionalmente de lo que escribo. 

                      -¿Por qué a veces escribes mucho y otras veces casi nada? 

                Me inquietan las preguntas que formula. No son propias de su edad. No son propias de la edad de una niña que tiene apenas siete años. Claro está no se conforma con sonrisas y querer sí que quiere respuestas. 

                 Es muy –le respondo- sencillo. En algunas ocasiones encuentro un montón de palabras que se precipitan deseosas de encontrar un espacio en la hoja donde escribo con esperanzas de esbozar lo que siento. Otras, como esta, aprecio inexplicablemente cómo la Real Academia Española se resume en estos inmensos deseos de abrazar y saberme abrazado.

              No creo haya entendido mucho pero en esencia termina comprendiendo el mensaje. Entonces se me avalancha encima como bola de nieve que pretende aplastar todo lo que a su paso encuentra mientras me pilla con un sorprendente: “entonces yo te abrazo”.

                 En el más tierno e ingenuo intento de hacerme sentir mejor o bien queriéndome robar otra sonrisa con sus benditas ocurrencias, termino apreciando lo desconcertante del sucesos. E igual… deseando saciar su más ínfimo quiero saber… concluyo comentándole: “no todos los abrazos saben igual”.

                    -Perfecto… entonces –me responde- voy en busca de un poco de chocolate. Me parece genial… pero si puedes y no te es molestia alguna, échale solo un poco de la C que contiene el nombre. No seas –continúa intentando llevarme la contraria- vago… eso no sé cómo hacerlo. Te paras y mejor lo haces tú. 

2 comentarios:

  1. Es cierto, no todos saben igual, pero abrazos al fin, siempre ayudan, y las preguntas de los niños son geniales. Te cuento que pudiera hacer un libro de las que me hacían Mi primer tesoro y Mi razón. Ellos, con 5 añitos de diferencia se las ingeniaban para traernos en vilo.
    Ah, no seas vago!!!! ¿Lo hiciste tú?
    Más cariños, esta vez dentro de un tinajón para que lleguen cuidaditos...

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    1. Tienes toda la razón amiga… y aunque no todos sepan igual siguen siendo abrazos que nos reconfortan en su absoluta dimensión. Que vivan los abrazos… todos… incluso sin importar el formato. A fin de cuentas… continúan siendo abrazos. Y mejor aun cuando llegan impulsados por preguntas tan ingeniosas como la de esos peques que siempre se las ingenian para arrebatarnos una sonrisa.
      Pero si… le terminé haciendo caso… dejé el vago a un lado y salí en busca de ese abrazo con sabor a la C del chocolate. Envueltito todo de Cariño… sinCeridad… Conciencia… sin reservas.

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