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miércoles, 24 de agosto de 2016

Miseria humana



              Amanecer insípido e ingrávido de quien en mero intento de mejorar su calidad de vida, dígase en el plano económico, termina condenando la sensibilidad a muerte. No importa para ello tengan que vender el alma al diablo. No importa en mero intento terminen asfixiando la existencia de quienes se desviven por vivir. 

         Bien podría encontrar el caso donde el fin termine justificando los medios. Mas por dicha que sea la fortuna no deja de ser miseria cuando sobre cada céntimo pesa irremediablemente el crujir involuntario de la piel que se quiebra entre gemidos y la sangre fluyendo sin saber a dónde.

            La historia podría remontarse desde el comienzo de la domesticación animal. En aquel entonces la cacería se tornaba una necesidad de primer orden para la alimentación de nuestra especie y la raza canina nos servía de gran ayuda. Para lo cual se comenzaba un proceso de selección donde la musculatura robusta, fuerza extrema en las mandíbulas, elevado carácter temperamental y resistencia al dolor eran factores imprescindibles a contemplar en dicha espécimen que se enfrentaría posteriormente a toros y osos.

         Pero la inconformidad no tardó en tocar a la puerta. Poco a poco el desarrollo comenzaba a hacer gala de su presencia con armas de fuego y otras técnicas que terminaban robándose el espectáculo. Los perros ocupaban un papel secundario que con el tiempo llegó a tildarse obsoleto. En función de ello fueron destinados a enfrentarse sangrientamente unos a otros durante más de seiscientos años. Alcanzando su apogeo en pleno siglo XVI y saciando consigo la repugnante sed de codicia, juegos ilícitos, apuestas y entretenimiento absurdo del ser humano.



         Transcurrido el tiempo que de momento son años, y gracias a las agencias protectoras de animales, esta práctica se ha convertido en una actividad ilegal, repudiada por la ley y rechazada en gran parte del mundo desde 1976. Aunque de igual modo tenemos que reconocer todavía existen quienes incurren en la falta. Pese a lo desagradable e inhumano que resulta ver cómo estos animales se desgarran, así, literalmente, a mordiscos la vida. 

                Vale resaltar las personas que desperdician su tiempo en la práctica ilícita de tal acto barbárico y sangriento, ellos atribuyen que el pelearse entre sí es pleno instinto animal de estas razas. Ante lo cual uno de los especialistas en Anatomía Patológica, Félix Manuel Prieto Acando, del Laboratorio Nacional de Diagnóstico Veterinario, comienza sentenciando: “Son los seres humanos quienes alteran el comportamiento psíquico de la raza canina, de acuerdo con sus intereses y conveniencias”   
  
             Tal cual sucede con el resto de los canes que optimizan considerablemente el trabajo en nuestra sociedad, estos reciben de igual manera una atención diferenciada. Sería hasta bueno recalcar diferenciada, constante y aterradora. “La forma de actuar de cada animal viene dada por la preparación que recibe de acuerdo con la finalidad para la que los entrena el hombre”, asegura Prieto.  

               Quienes conocen del tema afirman que al can se le prepara como máquina para matar. Cada perro destinado a pelear es sometido a constantes inyecciones de hormonas y vitaminas, breves riñas con un similar inferior en peso y tamaño para proporcionarle seguridad en el combate, varias horas corriendo una distancia comprendida entre los 30 y 40 kilómetros por día para agudizar su resistencia física. Y para cuando todo aparenta tener un respiro, comienzan los maltratos físico-psicológicos que con el tiempo terminan desquiciando al animal.
               
              Muchos son los que se vanaglorian de tener al mejor contrincante tras varios cruces entre Stanford, Bull terrier y Pit Bull.  A este priorizan la mejor atención clínica y alimenticia. O bien dado el caso la peor. Porque prefieren, en lugar de gastarse el dinero, andarse de casería recogiendo cuanto perro o gato se encuentran por la calle y que por absurdo de creer le dan a comer vivo.

             Entre tanto alboroto proporcionado durante las peleas, por espectadores y dueños, apenas logran escucharse los gemidos. Pero cada dentada duele y desespera con tendencia al incremento. El pobre animal sufre deliberadamente. Sabe que tiene que luchar por su propia vida porque el dueño no le ha dejado otra alternativa. Matar a su contrincante es solo el primer paso. Luego tendrá que recuperarse de las heridas e infecciones porque rara vez son atendidos por médicos veterinarios para evitar posibles inconvenientes con la policía.  Aunque dado el caso, Félix nos deja claro, “el animal no tiene la culpa” y en su casa tiene atención segura aunque luego concluya dando parte a las autoridades.

                Como especie humana hemos evolucionado continuamente sin límites de por medio. Pero sin dudas hay muchos que continúan en el actual siglo XXI, siendo los mismos Neandertales de siempre. No dejo de preguntarme cómo es posible que a estas alturas, con lo tanto que se han esforzado para demostrar es el perro el mejor amigo del hombre, venga el hombre a joderle precisamente la vida al perro. 

                  Disímiles son las historias en donde los canes terminan posesionándose del papel protagónico para terminar salvándole la vida al hombre. Tan reales como la de Balto, de raza Husky Siberiano, que pudo en su comienzo no ser tan Magnífico pero terminó liderando a comienzos de 1925 una caravana de perros que recorría en trineo más de 1.000 millas con temperaturas de 300 bajo cero en Alaska. Para trasladar un cargamento de suero que terminase con la epidemia diftérica que se había desatado en la ciudad. O la de Barry, un San Bernardo que trabajó como perro de rescate montañés en Suiza y salvó a 40 personas durante sus 14 años de vida.

                       Historias tan relevantes y conmovedoras como estas puede no hayan muchas pero miles son los niños con parálisis cerebral que logran evolucionar morfo-fisiológicamente gracias al cariño proporcionado por sus mascotas. Y hasta los vecinos de la tercera edad que se aferran un poco a la vida tras experimentar la pérdida de la persona con la que han compartido casi toda la existencia, “porque aún tienen una mascota que les necesita y quiere”. Reafirma Prieto.  

                    Como bien decía nuestro apóstol nacional: ¿Qué sería del hombre sin los animales? Si todos fueran exterminados, el hombre moriría de una gran soledad espiritual, porque lo que le suceda a los animales, también le sucederá al hombre. Todo va enlazado”.


 



 

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